domingo, 21 de febrero de 2010

En las paredes del mundo: la guerra


Por Ivan Leroy
(Ediciones Nuevo Siglo)

*Discurso pronunciado en la XXXI Feria Internacional del Libro en el Palacio de Minería

40 Barcos de Guerra no es una concesión formal multicromática para los ojitos, nariz y garganta del lector autocomplaciente ni para las mafias literarias. La otorinopoética de lo bonito no forma parte de los trabajos que ha abanderado Verso Destierro; su independencia le ha posibilitado generar producciones editoriales poéticas comprometidas con un arte expresivo en el mismo orden del humanismo.



Parte del público, Ivan Leroy y Norma Bazúa durante su lectura.


Los poetas también somos mamíferos excitados, hombres y mujeres que insistimos al marcar nuestra presencia en los espacios que habitamos con incisiones como sublimación de nuestra consciente intrascendencia física hacia el sentido de la trascendencia temporal. Lo anterior exige al menos una consciencia de la muerte, el amor y la lucha, es decir, el nacimiento del arte. El arte no sucede sino hasta que hombres y mujeres nos sabemos seguros (al menos) de que vamos a morir. Edificamos torres o bibliotecas, ciudades enteras dedicadas a un dios o a un humano con poder; capillas o pirámides siempre tratando de ocultar la certeza de nuestras faltas. Se justifica el fratricidio. La invasión de los milagros ajenos, distantes, convertidos por la retórica en el discurso de “lo otro”. Orinamos el espacio del enemigo para afirmar nuestro espacio que luego es invadido para activar nuestra venganza, o bien, le escribimos el poema. Todos somos Capuleto o Dantesco; Garcías o López. Firmamos nuestras obras con la orina o la tinta de nuestra identidad ficticia e impuesta como todas. Graphein es escribir decían los griegos. Escribimos con lo que tenemos a nuestro alcance. Con lo que nos alcanza. Para alcanzar a ser. Poetizar es llamar la atención de los otros para afirmar una presencia, frente a la autoridad o la costumbre, ante quien se desea o contra lo que se odia. Poematizar la vida presupone un desconcilio. Desconcilio de lo interno con lo externo. De lo individual ante lo colectivo. Del resentimiento contra la sensiblería. Del desfavorecido contra el rico: los pobres también escriben. Porque lo primero que se hace después de aprender a escribir es rayar. Se raya el salón de clases como la pared pese al sacrosanto mandamiento materno —previa omnipresencia paterna— del “no rayarás la pared”. La pregunta inquisitorial. ¿Quién pintó la pared? Se le presenta al poeta como parte fundamental de su condición propia de sujeto sujetado. Rayar es el ejercicio ontológico que antecede al de rayarla, posibilidad marginal de autoafirmación popular. Pero el poeta por más leído o escribido, no supera su trauma de escribir con patas de araña, por más computadora, ama su pluma fuente, por más pedefes, quiere ver su poema impreso como en 1442 lo inaugurara Gutenberg o Juan Pablos en México, en 1539.


Leroy, Tafoya y Fonz.

Ante el evento innegable somos receptores involuntarios y pasivos, brota nuestro rechazo social y oligolingüístico en la incomprensión de un lenguaje que nos hace ver como bárbaros frente al latín culterano. No nos resta sino asumirnos como iletrados, analfabetas del texto que hemos borrado decenas de veces en la barda que ya no soporta más capas de pintura de la brocha que contratamos para tapar lo feo. Lo soez y absurdo que se expresa en delito y aplaudimos a los científicos universitarios cuando nos presentan inventos tan útiles para el desarrollo sustentable de la economía neoliberal, ¡bendita sea! Como la pintura antigraffiti.


La maestra Norma Bazúa emocionada.


El poeta no es ajeno a las expresiones, técnicas y recursos de su tiempo, es producto de ellos, es el utópico conciliador de lo que el sociólogo apunta como irreconciliable.

Marco Fonz escucha atento a sus compañeros de mesa.


Y te admiramos 40 Barcos de Guerra por tu congruencia, porque te confrontaste a los espejismos y espantapájaros de la oficial propuesta de cultura, a los noveles de la ignominia y a la gerontocracia de la educación desvinculada de la necesidad y el deseo colectivos.


Arturo Alvar, de la revista ARCA, al micrófono. También leyeron sus poemas, Víctor M Muñoz, de Metáfora; Lucero Balcázar, de Ediciones Clandestinas; Javier Gaytán, de Floricanto, y María Elena Solórzano, por Ediciones Clandestinas.

Y debo agregar, al imperio de la distribución decadente de libros. O de plano a la extinción de las librerías. Para qué las queremos si no tenemos lectores. Pero existes, lector, y queremos decirte con voz alta cómo la poesía nos tocó una noche en que no sabíamos qué queríamos, pero sí, lo que no queríamos: cuando la palabra cobró su verdadero rostro de pueblo y se transformó en voz del deseo tercamente erótica, necesariamente en el riesgo de afirmarse viva, te entregamos un flanco más de jóvenes poetas, de la larga marcha que nos marcas como ejemplo, ahora escriben, te escribimos, como tú nos enseñaste a hacerlo pueblo, al margen o dentro, de la delimitada zona audaz de 40 Barcos de Guerra.

En la mesa, María Elena Solórzano, Ivan Leroy, Adriana Tafoya y Marco Fonz.

1 comentario:

juan dijo...

cuando miras al cielo azul y profundo adivinas tu camino como tambien te atrae a su regazo de paz .adivinas el silencio parte del uniberso material y vivo. pero tambien te alejas para nunca mas bolver